El árbol de la memoria

18 01 2008

En homenaje a Liliana Molteni, desaparecida en junio de 1976, en Argentina.

Rodeado de palmeras, rosales y un sauce llorón, a pocos metros del Monumento a la Bandera y el busto del General San Martín, se encuentra el ceibo. Único árbol de la plaza principal de Trenel, – un pueblo rural del norte de La Pampa-,  que se destaca por tener un monolito blanco con tres placas a sus pies.

El día que se lo plantó el frío helado perforaba la piel y paralizaba a los corazones mientras el cielo se tornaba cada vez más oscuro.

Una mujer de ochenta y tantos años camina con lentitud hacia el lugar donde debía plantar al retoño traído desde el jardín de su propia casa apoyada en su compañero de toda la vida. Los rostros de los presentes trasmitían sentimientos de admiración, de dolor, de honda tristeza. Hombres mayores, mujeres jóvenes, adolescentes con guardapolvos, niños en brazos de sus padres formaban parte de la muchedumbre.

Primeros fueron sus manos la que tomaron la pala para arrojar algo de tierra, luego lo hizo él, y después muchas manos más compartieron la ceremonia llena de emotividad. Habían pasado casi treinta años de silencio, de dolor y  de padecimientos.

Esa  tarde, esas manos, que impresionaban por su fortaleza, no temblaron a pesar de su edad. Muchos ojos seguían hinchados por el llanto espontáneo. Despacio, muy despacio, vecinos, docentes, amigos, políticos rodearon a estos padres que con entereza envidiable soportaron los años de indiferencia y ahora estaban allí para recordar lo que muchos quisieron hacer olvidar. De a uno fueron tomando la pala para ayudar a plantar el ceibo y enterrar a los abusos de la memoria.

Las nubes grises comenzaron a llorar como solidarizándose con la gente.

Ellos dos permanecían firmes recibiendo abrazos silenciosos que, quizás, pedían perdón. Las manos de esa madre se elevaron un poco para secarse las lágrimas. Un día, esas mismas manos ataron un pañuelo blanco para colocarlo sobre su cabeza para pedir por su hija. Manos que habían preparado la comida favorita de su hija y abotonado su guardapolvo para ir a la escuela caminando por la plaza. Cuántas veces la habrá acompañado a cruzar la calle llevándole el portafolio marrón que aún está guardado en algún rincón de la casa que no alcanzó a conocer

Cuando el silencio se sentía con toda su fuerza, una voz rompió la tarde con un grito: ¡Liliana  Molteni, presente! Y otras voces respondieron: ¡Ahora y siempre!

El cielo se terminó de oscurecer, la llovizna se convirtió en lluvia, y la tristeza terminó de invadir las calles. El árbol de la memoria como lo bautizó esa madre, ya estaba plantado. Y a pesar de no ser la época propicia, a las pocas semanas dio sus primeros brotes, señal de las buenas raíces y de la dedicación.

Esa madre, esa mujer, nunca dudó que el árbol crecería. Y cuando puede camina desde su casa hasta la plaza. Con sus manos coloca tres pequeñas flores en el monolito que recuerda a su hija desaparecida en junio de 1976. A pocos metros, el ceibo, que venció al mal clima y  a la indiferencia ciudadana, la acompaña en la ceremonia íntima de rendir tributo a quien no está.


Acciones

Información

Deja un comentario