Demasiado tarde

16 05 2008
Merlo es un rincón al que se llega por un camino serpenteado al este que quita el aire, y estalla en la cima de un cerro cuando el sol baja por un horizonte entre la cerrazón. Es una mujer joven de ojos claros y un pelo largo oscuro que pelea con sus canas. Sus manos, sin anillos, dibujan lugares. Su voz y la de sus hijos entonan canciones a la tierra y me llevan veinte años atrás. Es otra mujer que, detrás de sus gafas modernas dice que seguirá caminando y seguirá soñado, aunque duela. Igual que la voz andaluza que suena entre alforjas de cerámica que ella ofrece; como ofrece su actuación en el teatro del pueblo.
Merlo es el rumor de un río cuyas aguas chocan contra piedras. Algunas grandes, otras pequeñas, que forman su lecho, mientras los visitantes enfundados en ropa deportiva hacen equilibrio en ellas como un juego de infancia. Es una avenida que baja y sube, como el sol. Es conversar con el silencio, en casas que asoman entre plantaciones a los que se llega por caminos de ripio. Merlo es el aroma de los arbustos y la noche extensa tirado en el pasto con la mirada en las estrellas. Es, también, un lugar en el mundo para algunos. Un refugio, para otros. El descanso temporal para muchos.
Es una casa con vidrios de colores primarios, dónde se tejen historias de vida con telares artesanales. Merlo, es el poeta con el artista. Las soledades en la búsqueda del otro. Y, además, es un lugar que descubrí demasiado tarde.




Tres bares y ella

16 05 2008

Oír esa canción me desplomó sobre el sillón; cuando coloque el CD en el equipo fue por curiosidad. En la portada decía: “música varios”. No recordaba su contenido ni quién lo grabó.
La segunda pista tenía ese tema de Génesis que me llenó de nostalgia. Miré la ventana y detrás de las cortinas vi sacudirse las ramas de los árboles. El viento las zamarreaba y la música sacudía mi vida. Volví a recordarla.
Me sentí lejos y la sentí lejos como la tarde en que nos despedimos en un bar de Buenos Aires. Ese día sus ojos claros lo dijeron todo. No hizo falta leer la carta que dejó sobre la mesa.
Unos años antes, en otro bar frente a una playa, comenzamos a enamorarnos. Caminar en la arena cuando el día de verano amanecía era nuestro paseo preferido mientras el sonido de las olas rompía el silencio.
“Sólo te besaré en Buenos Aires”, me dijo desafiante antes que sus vacaciones terminaran. Unas semanas después no resistí. Y en un bar de la calle Río de Janeiro, con mesas antiguas de madera, el amor remató la noche. Después caminamos por veredas angostas y en el medio de una avenida desierta grité que la amaba, mientras el olor del subterráneo invadía la ciudad.
Cuando el viento sacude con rabia las ramas siento miedo. Es que su mirada clara me sigue persiguiendo. Y si escuchó esa canción de Génesis todo se vuelve más confuso y difícil.





El “Pelado Alvarez”

5 02 2008

Le gusta vestir de blanco y por eso luce una musculosa. Sus pantalones largos muestran su sello de categoría. Para muchos se convirtió en una celebridad. Otros lo consideran un exponente fashion que nada tiene que ver con el nuevo apodo: “el pelado Alvarez”. Aún entre rejas no deja de ser un tipo distinto. Una faja le cuelga sobre una de las piernas, y sus pies muestran sandalias chatas. Sigue siendo “Gaby”, como lo llaman amigos y familiares. Está preso. Una tarde de verano en Punta del Este, viajaba junto a su secretario y chofer en un auto importante. Se maneja como se vive, dijo alguien. Terminaron estrellados a un costado de la ruta. Algunos famosos, montados en cuatriciclos corrieron a ver que pasaba con él. Con Gaby. A pocos metros, sobre el pavimento había dos pibes tirados. Muertos. La moto en que iban, destrozada por el choque. “Fue Gaby”, dijo su amigo.  Gloria Pérez del Cerro, tenía 31 años. Fernando Cichiari, 32. Ya no están. El descontrol del glamour se los llevó por delante.  





Rutas argentinas:un campo de lápidas y cruces

28 01 2008

El lunes amaneció lluvioso. En la Terminal de Ómnibus algunas caras mostraban el sueño. Otros, tenían las ojeras marcadas. Casi en murmullo decían “buen día”. El sonido del motor del colectivo rompió el silencio. En fila, los pasajeros esperaron el momento para subir y ubicar un asiento disponible. Lunes otra vez, como decía la canción de Sui Generis. Por otros pueblos y ciudades, argentinos despiertan a la vida. Otros se sumergen en la eternidad.

En el café, la pantalla de la televisión devuelve las primeras imágenes. Uno, dos, tres y más. La cifra alcanza a los dígitos y sigue. Son, argentinos muertos en accidentes de tránsito. Pero, la muerte en auto no tiene freno en el último lunes de enero. Entre ellos hay niños y una mujer embarazada. Avanza la mañana, y llegan más muertes, más heridos. Córdoba, Buenos Aires, Bahía Blanca, Jujuy, Santa Fé suman cruces y lápidas. Familias destrozadas, niños sin padres, abuelos sin nietos, son las consecuencias del manejo irracional. Chocan camiones, vuelcan colectivos, se despistan automóviles.

Al menos 115 personas fallecieron en lo que va de enero en accidentes ocurridos en rutas argentinas. Sólo queda saber cuántas serán en febrero. Las rutas argentinas parecen haberse convertido en el camino más corto hacia el cementerio. Y el dolor no tener límites.





Luchar por una entrada

24 01 2008

Algunos varones y mujeres fueron rescatados por los bomberos desde el techo de las boleterías. Otros fueron atendidos por la emergencia médica en el suelo con máscaras de oxigeno. Estaban desmayados y golpeados. Una mujer, junto a su hijo huyó despavorida entre la avalancha humana perdiendo las zapatillas y algo de ropa. Un grupo de jóvenes quedó semi desnudo porque les arrancaron las remeras.

La policía no podía contener el desorden, mientras los médicos recibían más pedidos de ayuda por gente con principios de asfixia. El ulular histérico de las sirenas alteró los nervios y comenzaron más corridas. Ante el caos, algunos uniformados llegaron al lugar a caballo, con cascos, escudos y bastones. Los disparos al aire de la infantería convivían con los gritos de desesperación y bronca.

No es el relato de la noche negra en que se incendio Cromañón.  Es una muchedumbre de argentinos que se levantó muy temprano, algunos dicen que a la 5 de la mañana (hora argentina, menos en el feudo puntano de los Saá), a comprar una entrada para ver un partido de fútbol, bautizado como el “superclásico”. Casi termina en tragedia.

Días antes, uno de los jugadores, al que apodan “el burrito”, prometió que su equipo pasaría por encima a su rival. Un jueves 24 de enero, argentinos pisotearon a otros argentinos, en busca de un ticket que les permita disfrutar de un espectáculo. La violencia y la sinrazón parecen no tener vacaciones.





El árbol de la memoria

18 01 2008

En homenaje a Liliana Molteni, desaparecida en junio de 1976, en Argentina.

Rodeado de palmeras, rosales y un sauce llorón, a pocos metros del Monumento a la Bandera y el busto del General San Martín, se encuentra el ceibo. Único árbol de la plaza principal de Trenel, – un pueblo rural del norte de La Pampa-,  que se destaca por tener un monolito blanco con tres placas a sus pies.

El día que se lo plantó el frío helado perforaba la piel y paralizaba a los corazones mientras el cielo se tornaba cada vez más oscuro.

Una mujer de ochenta y tantos años camina con lentitud hacia el lugar donde debía plantar al retoño traído desde el jardín de su propia casa apoyada en su compañero de toda la vida. Los rostros de los presentes trasmitían sentimientos de admiración, de dolor, de honda tristeza. Hombres mayores, mujeres jóvenes, adolescentes con guardapolvos, niños en brazos de sus padres formaban parte de la muchedumbre.

Primeros fueron sus manos la que tomaron la pala para arrojar algo de tierra, luego lo hizo él, y después muchas manos más compartieron la ceremonia llena de emotividad. Habían pasado casi treinta años de silencio, de dolor y  de padecimientos.

Esa  tarde, esas manos, que impresionaban por su fortaleza, no temblaron a pesar de su edad. Muchos ojos seguían hinchados por el llanto espontáneo. Despacio, muy despacio, vecinos, docentes, amigos, políticos rodearon a estos padres que con entereza envidiable soportaron los años de indiferencia y ahora estaban allí para recordar lo que muchos quisieron hacer olvidar. De a uno fueron tomando la pala para ayudar a plantar el ceibo y enterrar a los abusos de la memoria.

Las nubes grises comenzaron a llorar como solidarizándose con la gente.

Ellos dos permanecían firmes recibiendo abrazos silenciosos que, quizás, pedían perdón. Las manos de esa madre se elevaron un poco para secarse las lágrimas. Un día, esas mismas manos ataron un pañuelo blanco para colocarlo sobre su cabeza para pedir por su hija. Manos que habían preparado la comida favorita de su hija y abotonado su guardapolvo para ir a la escuela caminando por la plaza. Cuántas veces la habrá acompañado a cruzar la calle llevándole el portafolio marrón que aún está guardado en algún rincón de la casa que no alcanzó a conocer

Cuando el silencio se sentía con toda su fuerza, una voz rompió la tarde con un grito: ¡Liliana  Molteni, presente! Y otras voces respondieron: ¡Ahora y siempre!

El cielo se terminó de oscurecer, la llovizna se convirtió en lluvia, y la tristeza terminó de invadir las calles. El árbol de la memoria como lo bautizó esa madre, ya estaba plantado. Y a pesar de no ser la época propicia, a las pocas semanas dio sus primeros brotes, señal de las buenas raíces y de la dedicación.

Esa madre, esa mujer, nunca dudó que el árbol crecería. Y cuando puede camina desde su casa hasta la plaza. Con sus manos coloca tres pequeñas flores en el monolito que recuerda a su hija desaparecida en junio de 1976. A pocos metros, el ceibo, que venció al mal clima y  a la indiferencia ciudadana, la acompaña en la ceremonia íntima de rendir tributo a quien no está.





Las aspas de la libertad

17 01 2008

A CLARA ROJAS

Las aspas del ventilador alteran la noche calurosa. Mi cuerpo sudado entre sábanas de colores da vueltas sobre el colchón. El sonido monótono me ha vuelto a despertar. Pienso que es el clima tórrido que no me deja dormir; pero de nuevo asoman sus ojos de mirada clara que me desvelan.

Enciendo el velador y alcanzó a ver el reloj. Las agujas marcan las 2 y 45. Busco los anteojos sobre el cajón de esterillas que hace de mesa de luz, donde se apilan algunos libros, junto a  señaladores cursis, un alicate para uñas y diarios mal doblados. Me incorporo y mis pies descalzos se apoyan sobre la alfombra rústica que cubre parte del piso de madera; pienso en qué lugares habrá dormido ella. Qué ruidos alterado su sueño, cuántas pesadillas carga en su interior.

La luz de la luna que entra por las ventanas de la casa me ayuda a caminar en la penumbra hasta la cocina. El bidón con agua que guardo en la heladera refresca mi garganta. Por miles de día y de noches, ella no pudo calmar su sed y su hambre como yo lo hago en la soledad de la madrugada.

La imagino recostada sobre una improvisada hamaca, sus dedos largos espantando insectos que se acercan, mientras el ruido del agua del río, sirve de remanso a otras voces lejanas. Su cuerpo está dolorido. Su mente llagada siente la agonía y retumban en sus oídos los disparos de la tarde. Sintió más miedo que nunca y notó manchas en su piel. La muerte le rozó cerca.

Sus ojos vuelven en la noche.

La mirada clara en la tarde de la liberación, acompañaba la sonrisa entre labios ajados. Las ojeras cavadas en el cara mostraban el paso de los años, las huellas de la ausencia. La tupida selva con fauna y flora ajena a su vida cotidiana fue sacudida por las aspas. El día del regreso, el sonido de las hélices de los helicópteros erizó su piel. Ella, se levantó y posó su mirada por sobre los árboles. Los pájaros blancos con cruces buscaban descender cerca de las señales. El viento de los rotores sacudían ramas y las hojas sueltas volaron libres.

Varones y mujeres humanitarios bajaron de las naves. Ella caminó en busca de otros brazos, otros aromas, alguien que le recuerde el sabor de la libertad. En la profundidad de la selva, cientos quedaban aferrados a la ilusión del rescate. Sus manos acariciaban su pelo atado. Las venas se marcaban en sus brazos, quizás como señal que otras venas siguen abiertas en América Latina.

Clara está llena de cicatrices que no afloran en la piel. Calan en su interior. Supo parir un hijo en el medio de la selva. Un llanto que rompió la noche de un 16 de abril. Emmanuel, lo bautizó. Después de 8 meses, perdió también el rastro de su niño.

Las aspas del ventilador siguen girando. La casa bajita sigue calurosa y me atormenta pensar que mujeres y varones, en un país lejano, están engrillados, sujetos a árboles o a camastros: esperan por retornar a la libertad, mientras conviven con la muerte. Sienten las bombas, las ráfagas de ametralladoras, el silbido de las balas y la indiferencia humana.

Dicen que de un lado están los malos y del otro los buenos. Cuesta entender la perfidia del malo y la apatía del bueno. Sobre la cama aún caliente recuesto mi cuerpo. El aire fresco del ventilador enfría mi piel. Mi mano se extiende, mis dedos presionan la perilla y apagan el velador. En pocas horas amanecerá. Mis ojos están cansados, la mente turbia. Ellos siguen en la selva y pienso que la única esperanza es la mirada clara que, ilumine a los que deben frenar el horror de no poder ser libres.





¡Hola, mundo!

17 01 2008

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